SIMAS

Estudiantes de agroecología perfeccionan conocimientos

Las escuelas de agroecología en la zona rural de Nicaragua este año completarán 80 graduados. Hablamos de hombres y mujeres de la zona alta y zona seca del país que por tres años estudiaron arduamente para ser promotores agroecológicos e implementar innovaciones en sus parcelas de cara al programa que desarrolla el Servicio de Información Mesoamericano sobre Agricultura Sostenible (SIMAS).

Roberto Vallecillo, especialista en comunicación del SIMAS, explica que el programa lleva seis años y ya graduó a 40 estudiantes. A finales del 2015 el programa cierra la segunda graduación con 40 alumnos de las Escuelas de formación de promotores y promotoras agroecológicas.

“La agricultura ecológica, como uno de los ejes de la soberanía alimentaria, permite la conservación y gobernanza de los recursos naturales, promueve el uso de tecnologías apropiadas que mejoren y sostienen la productividad, favorece el empleo rural y fortalecer el tejido social promoviendo relaciones equitativas entre el campo y la ciudad, desde el intercambio y en el acceso al conocimiento”, señala el especialista.

Nicaragua cuenta con más de siete mil pequeños y medianos productores y productoras quienes practican la agricultura ecológica en forma de agricultura orgánica certificada en más de 70,000 hectáreas. “Las fincas de estas familias tienen más de 30 rubros y se estima que la actividad contribuye a exportaciones equivalente más de 29 millones de dólares al año, además de los beneficios sociales y ambientales positivos que genera la actividad”, comenta Vallecillo.

En la zona alta del país hay 20 alumnos que cada año se reúnen en escuelas agroecológicas que realizan a través de giras de campos para aprender desde temas propios de agricultura sostenible hasta derechos humanos, violencia, género, economía familiar y muchos más comenta Alfonso Calero, especialista en agroecología del SIMAS.

En la zona alta de Nicaragua 20 estudiantes de agroecología aprenden sobre agricultura sostenible. Foto WQ/SIMAS

Transformándose en una lideresa

Rosa Ivania Sánchez Espino, es una de las estudiante de la escuela de agroecología de la zona alta. Tiene 18 años y habita en la comunidad Piedra Colorada, del municipio de San Ramón (Matagalpa).

La joven cuenta que desde más pequeña ha participado en diversas organizaciones donde ha aprendido técnicas de agricultura como la Fundación Denis Ernesto González a través de la cual la invitaron para ser parte de una escuela de campo en el municipio. “Desde ahí es que me gusta la agroecología y la practico en mi parcela”, refiere Rosa Ivania.

Rosa Ivania Sánchez Espino. Foto WQ/Simas

Una de las dificultades que enfrenta esta joven es la falta de agua durante el verano, por lo que ella y su familia solo pueden cultivar durante el invierno. “Tenemos una parcela familiar de una tarea, como unas 25 varas cuadradas, ahí cultivamos todo tipo de hortalizas, es nuestro huerto familiar, ahí lo que hago es sembrar en los bancales cebollas, chiltomas, tomates, remolachas, pepinos, repollos y lechugas”, detalla la agricultura.

Rosa Ivania además de aprender sobre agroecología estudia el cuarto año de secundaria por lo que dice que a veces es difícil estudiar y sembrar. “Me es bastante difícil, yo estudio los sábados y los días de semana cultivo en la parcelita. Hago dos horas extras en la tarde para hacer mis tareas y ayudar en lo que es la cocina a mi mamá, pero yo creo que puedo”, refiere la joven.

No siempre en la casa de Rosa Ivania se cultivó con técnicas agricultura sostenible, pero desde que la joven se interesó por aprender más, convenció a su familia de hacerlo: “Mi sueño es seguir para así reforzar un poco a mi familia porque soy yo la que me incluyo más en esto de la agroecología. Hasta el año pasado mi familia me incluyó en la siembra, ahora ellos saben lo que vamos hacer. Yo encabezo eso principalmente”.

Hambre” de conocimientos

Otra estudiante de agroecología de la zona alta es Liz Marling Zeledón Zeledón, de la comunidad San Cayetano, en el municipio de San Dionisio (Matagalpa). Es una joven entusiasta que no se amedrenta por nada y tiene sin dudas “hambre” de aprender y superarse a pesar de tener una discapacidad visual.

“Ha sido una experiencia muy bonita. Comencé estudiando mi primaria en educación de adultos en la escuelita de la organización Luís Braille, en Matagalpa, y en la escuela de agroecología del 2009 estuvieron participando un grupo de mis compañeros que eran tres ciegos y yo siempre decía que como yo vivía en el campo quería participar y cuando se presentó la oportunidad en esta nueva escuela me invitaron y gustosa acepté”, recuerda Liz Marling.

Las limitaciones por la discapacidad visual nunca han detenido la marcha de esta joven emprendedora que dice que aunque no pueda ejercer la práctica directamente le gusta aprender y adquirir nuevos conocimientos que implementa con ayuda de su familia.

Liz Marling Zeledón Zeledón. Foto WQ/SIMAS

“Con mi mamá hemos conservado tradiciones ancestrales, a ella le gusta la conservación del suelo, los árboles y plantas. Yo le comento lo que hemos aprendido, ella y mi hermano me ayudan con la práctica para hacer el trabajo que yo no puedo realizar”, explica Liz Marling.

El día a día de esta joven se desarrolla entre el cuido de sus plantas ornamentales, las labores del hogar y la implementación de sus estudios de agroecología. “Los temas que me han gustado más son los ecosistemas, el cambio climático, sobre los venenos y todos los que tienen que ver con agricultura orgánica, cómo cosechar de manera orgánica, elaborar biointensivos, biominerales sólidos y líquidos, todo lo que tiene que ver con la agricultura”.

Liz Marling cuenta que su familia tiene una finca donde desarrolla varias de las técnicas que ha aprendido en la escuela de agroecología del SIMAS. “Estamos trabajando la implementación y conservación de agua, se han sembrado (árboles de) madera preciosa alrededor de las fuentes de agua porque gracias a Dios tenemos dos muy buenas y productivas. Sembramos árboles maderables y hemos implementado barreras muertas, curvas, niveles, barreras vivas. Año con año se siembra para reforestar la parcela y hay un área de musáceas y plantas ornamentales”, detalla la agricultora.

Poco a poco esta joven pilas puestas le da ideas a su familia para organizar mejor la finca de 30 manzanas en donde cultivan pastizales, café, caña de azúcar, bosque para mantener las fuentes de agua y un área de terreno destinada para la agricultura.

Los sueños de esta joven son muchos, pero uno en particular espera con el tiempo llegar a realizarlo y está referido a la finca familiar. “Mi sueño si Dios quiere y si tengo el apoyo de un 70 por ciento de mi familia sería tener bien distribuida mi finca, más ordenada. Seleccionar un área para un terreno silvopastoril, dividir los cultivos, implementar una mandala, tener una parcela libre de agroquímicos y trabajar de una manera más orgánica, más agroecológica porque no me pienso quedar solo con estos conocimientos quiero aprender más”, finaliza Liz Marling.

Ejemplo de superación

Silvestre López Hernández, es un agricultor del municipio de San Ramón. Vive junto a su familia en la comunidad Cerro Grande, a unos 11 kilómetros de la carretera que va hacia Matiguás (Matagalpa). Este año junto a 19 personas más se graduará como promotor agroecológico de la escuela de agroecología de SIMAS.

“Soy un campesino criado en los principios de mis padres como obrero trabajando la tierra, quedé huérfano a los 13 años y allí surgió mi ambición de querer estudiar, porque nuestros padres no nos daban el sí de que aprendiéramos, pero cuando mi padre muere decido ir a estudiar el primer grado y a los 16 años saco el cuarto grado de primaria, pero no sigo porque me sentía cansado en la mañana salía a trabajar la tierra y en la tarde a la escuela. Me gusta trabajar el suelo, me crié en el programa Campesino a Campesino que para mí ha sido la mejor escuela”, recuerda Silvestre.

Silvestre López Hernández. Foto WQ/SIMAS

Este líder comunitario ha vivido entre limitaciones, pero nunca ha dejado de luchar y adquirir nuevos conocimientos que lo han llevado desde los temas agroecológicos hasta por las veredas de la música pues dice que aprendió solo a tocar guitarra y hasta de vez en cuando se junta con familiares a tocar.

La familia de Silvestre la forman su esposa y sus cuatro hijos. El mayor tiene 16 años y cursa el segundo año de secundaria. Le siguen otro jovencito de 14 años que lleva el quinto grado, una niña de 10 años que está en tercer grado de primaria y el último varón que tiene dos años.

Lo más difícil para este padre fue ver el deterioro de la salud de su primogénito que lo obligó a casi acabar con la fuente de ingreso de su familia. “Tuve que vender todo lo que tenía y arrancar de nuevo. Vendí ocho pelibueyes, 40 gallinas, cuatro cerdos todo lo vendí para pagar doctores privados para que se recuperara mi hijo y gracias a Dios que no nos desampara, sanó”.

Este agricultor se levantó de la mejor manera: “Somos una familia de seis junto a mi esposa, la vida de nosotros es trabajar nuestro suelo, yo tengo la herencia de dos manzanas de tierra y ahí desde la escuela de agroecología, hago lo que me han enseñado, a diversificar, a conservar el suelo”, señala el agricultor.

Estos años de estudio han abonado a la experiencia de Silvestre quien es promotor de la agroecología y mucho más. “Simas me ha enseñado cosas que no sabía ahora realizo trabajos de género coordinado con el Colectivo de Mujeres (de Matagalpa) en favor de la mujer y la niñez seguiremos trabajando nuestro suelo, refrescando nuestra mente y tomando más conciencia”, comenta el líder comunitario.

Como el resto de sus compañeros en la escuela agroecológica, Silvestre tiene muchos sueños por cumplir. “Para mí el sueño que tengo es tener una parcela agroecológica, ahorita no hay que mentir usamos químicos, no usamos grandes cantidades, no quemamos. Lo otro es que no tengo agua y es una dificultad porque produzco solo en invierno, por eso mi idea es tener siembros de café, cacao, cítricos, granos básicos y musáceas. Lo que quiero es que mi parcela sea agroecológica, orgánica, y que tengamos un mercado que nos diga que nos va a comprar ese producto porque es una dificultad que tenemos. Tanto que cuesta cultivar sano y es injusto que nos paguen como cualquiera y no como orgánico”, finaliza este agricultor comunitario.

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